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MANDATO ANCESTRAL

27 de enero de 2013

Las mujeres hacemos cosas verdaderamente inexplicables. Algunos atribuyen muchas de nuestras acciones a la locura extrema. Facilistas. Otros, dicen que somos masoquistas. Fabuladores. Muchos hombres piensan que lo hacemos por ellos. Machistas. Otros hombres sugieren que lo hacemos por envidia de otras mujeres. Idiotas. Particularmente, creo que lo hacemos por mandato. Esa parte del mandato ancestral de la que no nos pudimos despegar. Algunas más, otras menos, todavía conservamos algo en los genes que nos lleva a realizar prácticas que, pensadas, no las haríamos.

No sé si les dije, pero soy bastante rebelde. En esto de los mandatos ancestrales también. Pero no lo suficiente, evidentemente. De otra manera, no estaría escribiendo esto.

Por ejemplo, cuando aparecen las canas, aparece también la tintura. Se supone que la tintura soluciona el problema de las canas. Y debe ser verdad. El tema es que gracias a la tintura aparecen oooootros problemas. Básicamente surge el tema “raíces”. Las raíces son algo que no existe hasta que te empezás a teñir. Y aquí también nace el conflicto: me dejo las canas o lucho con las raíces? La peluquería se torna así quincenal y ello implica tiempo, dinero y unos ovarios de oro a prueba de peluqueras/os y asistentes a la peluquería. No sé por qué últimamente las peluquerías son completamente vidriadas hacia el exterior, de forma tal de ponernos en ridículo frente al público transeúnte. Alguna vez pasaron por la pelu y observaron? Háganlo. Mujeres con los pelos parados, endurecidos con pastas de colores y papelitos metálicos en la punta o con gorras de pileta y agujeros hechos con aguja de crochet de los que brotan mechas también coloridas. Patético. Me niego a dar ese espectáculo gratis.

En la peluquería también tenemos el tema bibliográfico. Qué hay para leer en la sala de espera? Publicaciones varias con chismes faranduleros o con chismes High Society, revistas de peluquería con cortes estrafalarios y raros peinados nuevos que jamás nadie solicitará hacerse. No hay National Geographics, ni revistas literarias, ni de cocina, ni de jardinería, ni siquiera el diario del día!!!!

No me tiño.

En la peluquería se ofrecen otros servicios también. De belleza, obvio. Con esos parámetros de belleza del mandato ancestral del que les hablaba al principio. Por ejemplo, la manicura.

La manicura es una mujer posesiva sin límites. Se apodera de tu mano y primero te la deja tonta. La mano, digo. Te deja tonta la mano. Te hace poner los dedos en un bol que yo usaría sólo para ensalada de frutas. Se supone que en el bol hay agua jabonosa, pero cada manicura debe tener su secreto malévolo y debe poner alguito más. Y te dejan la mano ahí durante el tiempo que a ellas se les canta. Googleen el tema. San Google dice 3 o 4 minutos. Ja! Te dejan ahí hasta que ya no tenés dominio de tus dedos. Entonces te agarran la mano que ya está tonta (y la dueña de la mano también) y te entran a manipular los dedos. Estiran, recortan, separan, empujan la cutícula… Y la dueña de la mano pone cara de voy a quedar divina. Eso si no se hace las manos mientras espera que le tome la tintura con la cabeza llena de papelitos plateados. Los mismos que yo le pongo a las patas de pollo en el horno. Una verdadera vejación.

No me tiño. No me hago las manos.

Pero en las peluquerías también tienen centros no clandestinos de tortura, comúnmente llamados, salones de depilación. La depiladora definitivamente es una resentida. No tengo otra explicación. Cómo puede uno cobrar por tirarte cera caliente sobre la piel, abanicarte con cara de “mirá qué buena soy que me compadezco y te refrigero el cavado”, luego decirte con vos de abuela que cocina flan de dulce de leche: “respirá hondo, querida” y tirar con alma y vida mientras se te frunce hasta el meñique del pié. Y si la mina puede cobrar, lo que no me explico es como una puede PAGAR para que te hagan eso. Lo peor, son las minas que están esperando para entrar. Qué les pasa que cuando escuchan el segundo grito no salen corriendo? A las depiladoras hay que denunciarlas ante algún organismo de derechos humanos. Definitivamente.

No me tiño. No me hago las manos. No me depilo. No me depilo en la depiladora, tengo una maquinita maravillosa con la que resuelvo el tema en contados segundos en la intimidad de mi hogar.

Bueno, no sé si les dije, pero el punto es que sí voy a la peluquería. Cada seis meses más o menos a cortarme el pelo. Las puntas. A veces, en ese instante, aparece el mandato ancestral y me parece interesante “cambiar un poco”. Y me corto el flequillo. ZAS!!! EL-FLE-QUI-LLO!!! Es que nadie te dijo ADRIANA que el flequillo hay que mantenerlo. El flequillo crece y te tapa los ojos. Cada quince días: peluquería. Y comienza el loop del martirio: mujeres que se tiñen, mujeres que se hacen las manos, mujeres que se depilan. Lo tolero sólo tres o cuatro veces. Eso implica que el flequillo me dura dos meses como mucho. Ahí decido que “me lo dejo crecer”.

Y acá comienza la historia. Dejarse crecer el flequillo es todo un desafío que nos puede hacer flaquear. Al principio te lo vas acomodando como puedas, hasta que te llega a los ojos y empieza el periplo. Primero un brushing hacia el costado, dos días después unos invisibles, vincha, gomita, un soplido hacia arriba, la mano en la frente… el flequillo molesta para leer, para ver la tele, para cocinar, para comer… y te pongas lo que te pongas, sos una ridícula.

El fastidio llega a un punto en el que decís: me lo corto y listo. Y ahí estamos. Buscando la tijera porque es domingo, el lunes la pelu no abre y a este flequillo maldito no me lo banco más. Y empiezo a caminar en círculos por los sesenta metros cuadrados del departamento buscando la bendita tijera. Y mis hijos me miran y mi marido hace que no me ve.

- A dónde mierda está mi tijera???
- Qué tijera?? –mi marido
- La del baño… Quién carajo agarró mi tijera???

No sé si les dije pero yo tengo cosas para cada uso en distintos lugares de la casa. Tijeras, por ejemplo. En el costurero la de coser. En la cocina la de cortar el sachet de leche o el hilo de la piza. En el baño la del flequillo.

- Qué te pasa, mami?? –el mayor
- Busco la puta tijera
- Papi… qué le pasa a mami?? –el menor
- Habla sola, dejala… está loca –mi marido
- A quién le dijiste loca? Yo estoy loca? Por qué no le decís loca a tu madre?

Y mientras digo eso tengo la tijera de la cocina en la mano. La grandota. Y mi marido me mira la mano y arquea las cejas hacia los hijos. Eso en lenguaje de pareja significa: Qué hacés? No ves que están los chicos? Esa tijera es peligrosa!!

Y entonces la loca se repliega, guarda la tijera y yo me soplo el flequillo y explico:

- no pasa nada, hijos… es que no me banco más el flequillo y me lo quiero cortar, pero esta no es la tijera. Busco la otra, la chiquita, la negra… no la vieron?
- Ah… si… la usé yo y la dejé en el escritorio… –el menor
- Es verdad… la usó para cortar los bracitos de los muñecos de plastilina… –el mayor
- Plastilina??? CON LA TIJERA DEL BAÑO?????!!!!!

Iba a sacar la tijera grande del bolsillo. Pero mi marido me volvió a mirar arqueando las cejas. El martes voy a la peluquería. Quizás me depile también, así tengo listo el tema para las vacaciones.


AMPLITUD TERMICA MODULADA

17 de mayo de 2012

Anoche me acosté con veinticuatro grados y hoy amanecí con nueve. Sonó el despertador y sentí que era la alarma del freezer indicando que dejé la puerta abierta. Me acurruqué cerca de mi marido que románticamente dormido me preguntó “qué hacés?”. “Tengo frío”, contesté. Siguiendo con la ternura matinal que lo caracteriza me preguntó por qué no me abrigaba para dormir. Si ayer hubiera puesto frazada me trataba de loca. No sé si les dije, pero estoy casada con un hombre.

Me acovaché con las sábanas y la mantita veraniega hasta las orejas y encendí la tele jurando poner el acolchado esa misma noche. En la parte inferior de la pantalla se dibujaban la hora, la temperatura y la sensación térmica. A saber: 06:52, T 11, ST 9. Deprimente. La hora y la temperatura. Esto es ideal para Moreno. En otoño tendría que manejar el clima con el mismo criterio que la inflación. De última, se nos congelaría el alma, pero creeríamos que es sólo una sensación. Térmica.

Más arriba de los numeritos, aparece el mapa de la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores con la voz de Mauricio Saldivar de fondo diciendo que la máxima prevista será de veintitrés grados. Acto seguido, explica científicamente el concepto de “amplitud térmica” para rematar recomendando vestirse “como cebolla”, en capas, para poder ir quitándolas una a una conforme se acerque el mediodía.

Es claro que Saldivar no viaja en bondi, ni en subte, ni en tren. Definitivamente. Además, no es mujer. No sólo salta a la vista sino que se nota que en su vida tuvo que transportar su humanidad sobre diez centímetros de taco aguja, llevar una cartera (léase baúl de mano) llena de porquerías, un libro por las dudas que milagrosamente consiga un asiento y pueda leer, una bolsa de compras varias y a todo eso sumarle las “capas” de ropa.

Para los que se preguntan por el rubro “compras varias”, me refiero a la yerba, galletitas, sopas, caldos, té, café y/o almuerzo de escritorio que llevamos a la ida para la oficina y algunos ingredientes para la cena, el cuaderno cuadriculado para el mayor, la caja de pinturitas para el menor, las zapatillas del marido que retiramos de la zapatería y el paracetamol para una misma que traemos en el viaje de vuelta a casa.

Así las cosas, me enfrenté con el placard. Sentada en el borde de la cama hecha bollito miro de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha y empiezo a barajar opciones. A esta altura, tengo a la loca gritándome adentro que me vuelva a meter en la cama, a mis hijos gritando para que me siente a desayunar al lado de ellos y a mi marido gritando porque no puede ser tan difícil vestirse.

Es que los hombres no entienden la complejidad del atuendo femenino. El usa jean, remera y buzo polar todo el año. Lo único que cambia es el largo del jean pasando de bermuda a pantalón y cambia de sandalia a zapatilla según la ocasión. Como mucho agrega una campera si el frío es ártico. Tiene calor, se saca el polar. Tiene frío, se pone el polar.

Cómo le explico que si me pongo pollera tiene que ser con medias si uso zapatos y sin medias si uso sandalias? Que si me pongo pantalón todo depende del taco del calzado para que no lo pise, por ejemplo si uso chatitas? Cómo traducir la diferencia entre un blazer de verano y uno de invierno, que, además tiene que combinar con el pantalón o la falda… y los zapatos, obvio?? Y cómo hacerle entender la diferencia de temperatura entre “arriba del bondi, todos apretaditos” y “abajo, en la calle, caminando de cara al río” y “adentro de la oficina, edificio corporativo, calefacción centralizada”?

Esta es una época desgraciada del año. Es la época en la que te encontrás por la calle con la ridícula en sandalias y dedos al aire y la ridícula con botas con interior de corderito. Es la convivencia cordial entre quienes prolongan el verano y quienes adelantan el invierno. Cordial hasta que la de botas le da un pisotón a la de sandalias, lógico.

Y en la oficina estamos las de polera o camisa manga larga pidiendo que apaguen la calefacción y las de musculosa de seda, elegantísimas con piel de pollo y timbres solicitando la prendan.

La misma tendencia se presenta a la hora de los alimentos. Mi hijo mayor quiere la leche fría, porque hace calor, y el menor la quiere “calentita”, porque hace frío. Y si pienso en hacer una ensalada para la noche me miran con cara de guiso de lentejas… y si digo que comemos lasagnas lloran a moco tendido por unos tomates rellenos.

Y ni hablar de la planificación de las salidas de fin de semana. Si los abrigo mucho, termino jugando al burro de carga con buzos, camperas y mochilas encima mientras todos retozan por el parque. Y si van en remerita nos tenemos que volver a las cuatro de la tarde porque “el viento me molesta”. Y después la loca soy yo, claro.

Y sigo mirando el placard sin saber qué ponerme… El pantalón blanco? No. Los zapatos blancos son abiertos adelante. La pollera azul? No. El blazer que combina es finito. Si me lo pongo con un sweater abajo? No. Es muy entallado y me voy a sentir ajustada todo el día. El vestido negro? No. Todavía no compré medias largas oscuras. Me entrará el traje gris del año pasado?

- Adri!!!! Y???? Se enfrían las tostadas.
- YA VOOOOOOOOOOOOY!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! (La loca, eh? A mí no se me ocurriría gritarle a mi marido y menos si me hizo las tostadas. No sé si les dije... pero qué bien casada que estoy!!).

Me estoy acordando de una publicidad de perfume para nenas que había cuando era chica. No recuerdo la marca. Mi hermana, que no sé si les dije, pero en ninguna estación del año sabe cómo vestirse, seguro que se acuerda. Se trataba de una obrita de teatro o de títeres, en el que una muñeca decía que no sabía qué ponerse. El público le gritaba “las medias verdes, las verdes”. Y la muñeca decía que no le gustaban y las tiraba. Entonces el público le coreaba “las coloradas, las coloradas”, porque en televisión no se dice rojo, viste? Y la histérica de la muñeca volvía a decir que no le gustaban y las tiraba poniéndose a llorar. Y ahí, una superada voz en off le decía “ponete perfume, perfume, nena, per-fu-me”.

Eso debería hacer ahora. Ponerme perfume. Me voy a desayunar en pijama y lo vuelvo a pensar en cinco minutos. Está fresco para tampón y vincha.

REINVENTANDO A MARIEL

20 de abril de 2012

Hoy me levanté positiva. Solcito, todavía está templado, ni sombras del maldito invierno que vendrá indefectiblemente y es viernes. Los viernes tiene ese qué se yo, viste?

Los chicos demoran más en levantarse porque están cansados del trajín semanal. No importa. Es viernes. No sé por qué extraña coincidencia, ambos tienen natación los viernes y llevan dos mochilas cada uno que me hacen cargar a mí porque pesan. No importa. Es viernes.

Lo mejor es que hoy hago teletrabajo. Con calzas y en patas todo el día. Placer mayor. Vuelvo del colegio, preparo el mate, levanto las ventanas, miro mis plantas y prendo la compu. Me conecto a la VPN. No me conecto. No anda. Eso significa en castellano puro que debo IR A LA OFICINA. No calzas. No en patas. No mate. Es viernes. Ommmmm…

En prolijo “casual day” me voy a tomar el tren. No hay trenes. Bien. Bondi. Es viernes… pero no abusen. Llego a la oficina y aviso. Aviso que no abusen, obvio.

Siendo las once de la mañana, cuando todo atisbo de positivismo se estaba diluyendo llama mi mamá. No sé si les dije, pero mi vieja es una caja de sorpresas. Uno siempre la atiende como dudando. Mirá si levanto el tubo y la sorpresa no era para mí y la ligo de rebote? Entonces en un Legrandesco gesto me pregunto: atiendo o no atiendo? Y atendí.

- Hola, hija? Estás ocupada? (mi mamá siempre pregunta si estoy ocupada, pero es una mera fórmula de cortesía, no le hace el más mínimo efecto la respuesta, así que con el correr de los años entendí que tengo que decirle que no, que no estoy ocupada y mucho menos para ella. Diciendo eso me siento escuchada).
- No, má… y mucho menos para vos
- Ah… bueno… porque mirá… yo mañana no tengo mucho para hacer y bla…. bla… bla… (cuenten 10 o 15 mil blas) y entonces pensé que podía ir a buscar a los nenes al cole, me los traigo, se quedan a dormir y ustedes se vienen mañana a tomar unos mates y bla… bla… bla… (cuenten unos 400 blas).
- Sí, má… claro. Se van a poner recontentos y no teníamos programa para hoy. (Importantísimo aclararle a mamá que no teníamos programa para HOY, así mañana, si surge algo o los mates están fríos o resulta que el marido se aburrió y se quiere ir antes de llegar, podemos zafar).

Como es viernes y todo el mundo sale o quiere llegar antes a casa el regreso es caótico. Y eso que dije que no abusen. En el viaje, le mando un sms a mi marido: “Mami se llevó a los nenes. Estoy llegando. Hay rock&roll?”

Jamás me contestó. No sé si les dije, pero mi marido, que no se lava las manos para no mojar el celular, tiene un filtro especial para que no le entren nunca mis mensajes. Llego a casa antes que él y preparo el mate que no tomé a la mañana. Cuando llega, entra corriendo.

- Hola… menos mal que te acordaste vos…
- Yo? Me acordé de…
- De la reunión de consorcio
- Hoy hay reunión de consorcio??!!!
- Claro… Me acordé cuando leí tu mensaje que me decías no sé qué del rock&roll. Se va a armar una…
- Ah! Lo recibiste!!! Y bue… Cierto que a vos la música no te gusta, cómo se me ocurre que lo vas a decodificar.
- Qué decís?
- No, nada… dejá… pensaba en vos alta.

Reunión de consorcio. Composición tema: José, el encargado, hace “trabajitos” personales en los departamentos en horario de trabajo y la mujer de José plancha para afuera y la luz que consume con la plancha la pagamos todos y sacaron los subsidios.

La reunión de consorcio es siempre igual. Vamos nosotros, la del 4º B sin el marido, el del 5º A sólo porque vive solo, y la administradora. Eso es fijo. Si se tratan temas de expensas extraordinarias se suman tres más que no viven acá, alquilan y las extraordinarias las pagan ellos. Y si hay que pegarle al encargado viene la del sexto.

La del sexto, está separada con cama adentro. El marido se niega a irse de la casa y ella se niega a hacerle un juicio porque “no piensa gastar un centavo en el imbécil ese que encima tiene el descaro de ser el padre de mis hijos”, tal como dijo en la reunión en la que la conocí. Los hijos, varones, de 11 y 7 años, suelen pasar las manos por los espejos y pegar los chicles en cualquier lugar de la entrada por recomendación de su madre. Así luego ella puede criticar al encargado porque no limpia. El 6º A es dúplex con el 7º A y lo que sería el 7º B es el departamento de José. En todas las reuniones a las que viene, se queja de que ella paga el doble de expensas que el resto y no tiene ningún beneficio por eso. Cuando alguien osó decirle que el “beneficio” era vivir en un departamento el doble de grande que el resto, contestó con “vos porque no sabés lo poco decoroso que es dormir frente al encargado… deberían pagarme por eso”.

La del sexto tiene el lavarropas en el balcón. Los balcones no tienen rejilla. Entonces, como no piensa gastar un peso más en este departamento de mierda que no lo puede vender porque el marido es un hijo de puta que no firma ni se va, pone la manguera para afuera y descarga el agua sucia y jabonosa sobre las plantas de los cinco balcones que tiene por debajo. Entre ellos, el nuestro. Podría seguir hablando de ella, pero me parece que ya tienen una idea, no?

Las reuniones de consorcio siempre se hacen en el hall de entrada que es vidriado a la calle, es bueno brindar un espectáculo al vecindario de vez en cuando. Hoy bajamos a la reunión nosotros, la del 4º B sin el marido, el del 5º A sólo porque vive solo, y la administradora. Esperamos media hora a la del sexto que sorpresivamente no vino y empezamos. Rápidamente tratamos el tema mientras varios vecinos llegaban y saludaban de paso al ascensor como si fueran extras de una película en lugar de vivir acá. Resolvimos que a José se le va a pagar la factura de Edenor sólo por el consumo promedio y que él debía abonar el excedente y que se le aplicarían las sanciones correspondientes según contrato colectivo de trabajo por no cumplir su horario. Sumamente expeditivo y sin rock&roll. Firmábamos el acta mientras yo soñaba con mi concierto privado tres pisos más arriba, cuando llega la del sexto con los retoños y cuatro bolsas de supermercado en cada mano.

- Qué pasa acá?
- Hola, cómo estás? –le digo, más falsa que zapatilla Nike de la salada.
- Pregunté qué pasa acá?
- Cagamos –la del 4º B, más auténtica que una suegra.
- Es la reunión por el tema del encargado –la administradora, más ingenua que Mary Ingalls.
- Y por qué no me avisaron?
- Se le avisó a todo el edificio en el detalle de expensas –la administradora
- Ah!!! Yo no lo ví.
- Cómo lo vas a ver si no las pagás… –se despertó la loca.
- Me estás hablando a mí? –apoyó las ocho bolsas en el piso, puso los brazos en jarra y me fusiló con la mirada.
- Eh… querés firmar el acta vos también? –mi marido, que no sé si les dije pero odia discutir con cualquiera que no sea yo.

Mientras la del sexto lee el acta, sus hijos arrastran las compras por el piso y las golpean contra los zócalos. Los miro y deseo que no haya huevos. O que se esfumen. Lo que ocurra primero o hasta agotar stock. Se pegan con las bolsas hasta que se rompe un pote de yogur. Muertos de risa mojan los dedos en el yogur y dibujan en el piso de madera que José enceró. El del 5º A está a punto de ir a comérselos, pero la del sexto le gana de mano. En hablar le gana de mano, no en decirle algo a los hijos.

- Yo esto no lo firmo. Lo que hace falta es despedirlo con causa justa y ponerlo a él y toda su prole de patitas en la calle –mientras sus hijos siguen gritando corriendo y patinando sobre yogur.
- Eeeeeehhhh… mirá… En primer lugar, me parece que es una situación que podemos solucionar, le hacemos una advertencia, si querés, pero no creo que… -la administradora.
- Vos no tenés que creer nada. Tenés que hacer lo que yo te digo, para eso te pago…

La loca.

- Ah… nooooo…. Así que vos pagás? Vos sos una reverenda hija de puta. No tenés filtro. No te importa nada. Sos una egoísta, una vecina de mierda, te creés más que todos nosotros!!! Quién sos vos para tomar decisiones acá? Por qué no te mirás un poco el ombligo, yegua. Todas tus frustraciones las descargás con los demás, con los más débiles, tísica en lavandina? Te vamos a confiscar tu colección completa de jeans y vamos a limpiar con ellos el enchastre que hacen estos mocosos y las cenizas que deja el maricón de tu ex en las escaleras. Por qué no te fijás un poco a tu alrededor y te ocupás de lo que tenés adentro, reventada?

Y ahí me doy cuenta de que los pequeños demonios están parados entre nosotros, con los pantalones azules llenos de yogur de frutillas y con la boca abierta observando a la madre. Tragué saliva, los miré casi como pidiendo perdón, les acaricié la cabeza a ambos y dije fuerte y claro:

- Bueno, me voy con el rock&roll a otra parte, total esta “reventada” de Mariel no va a cambiar nunca. Hagan lo que quieran con el acta.
- Mami… pensamos que te hablaba a vos… quién es Mariel? –alcancé a escuchar mientras subía la escalera.

La del sexto se llama Viviana, pero yo la llamo Mariel. No se parece en nada a Mariel, salvo en las ganas que yo tengo de cortarle la cuerda del ascensor. (click aquí para acceder a la letra de la canción)


(pausar el reproductor del blog para escuchar este video)

LLUEVE SOBRE MOJADO

30 de marzo de 2012

Mi abuela tenía botas de lluvia. Y las usaba. Mi mamá, cuando yo era niña, tenía botas de lluvia. Y no las usaba. Decía que parecían de bombero. Yo no tuve ni tengo botas de lluvia.

Mi abuela tenía un piloto. De plástico, el piloto. Gris oscuro, casi negro. Mi mamá, cuando yo era niña, tenía piloto. Y no lo usaba. Decía que parecía de bombero. Yo no tuve piloto. Ahora tengo uno. Repituco mi piloto. Lo pagué un ojo de la cara en 6 cuotas sin interés en esa época que tuvimos en la que nadie había votado a Menem, se acuerdan? Bueno. Mi piloto, además de pituco, sólo se limpia a seco. En la tintorería. Y además, hay que mandarlo a impermeabilizar cada vez que lo limpiás. El tema es que ésta ya no es la época del nadie lo votó, sino la época de la votó más del 50% y no hay inflación, así que callate y seguí remando. Pero remando y todo la tintorería sale ochenta mangos lo uno y ochenta mangos lo otro. Una bicoca. Entonces el piloto lo uso sólo cuando Confessore dice cielo nublado a parcialmente nublado con muy bajas probabilidades de precipitaciones aisladas.

Mi abuela tenía paraguas. Flor de paraguas tenía mi abuela, casi una sombrilla de playa. Mi mamá, cuando yo era niña, tenía un paraguas. Flor de paraguas tenía mi mamá. Parecía la sombrillita de Daisy. Con las puntillitas y todo. Yo tengo un paraguas. Un paragüitas, digamos. De los que entran en la cartera. En la carterita.

Ayer me quedé dormida. No mucho, pero lo suficiente como para no ver a Confessore, vestirme con lo primero que encontré al abrir el placard y salir corriendo comiendo un par de galletitas por la calle a modo de desayuno. No sé si les dije, pero no puedo ni pestañear si no como. Casi como mi hijo menor.

Miré por la ventana y había un solazo hermoso en medio de un perfecto cielo celeste. Entonces salí con pantalón de lino blanco, camisa violeta, blazer de lino blanco, sandalias blancas de cuero, cartera blanca también de cuero. La SUBE en la mano derecha, las galletitas en la izquierda.

Cuando llegué a la oficina, me puse un poco de rimmel y otro tanto de rubor para disimular que aún tenía la almohada pegada en la cara.

A mediodía se empezó a nublar. Salí a almorzar y el tema de conversación era el clima. De la derecha los que pedían a gritos un poco de lluvia para que afloje y de la izquierda los que pedíamos un decreto que estableciera corrientes migratorias hacia zonas cálidas para dentro de veinte días. Confieso que dejé el blazer en el perchero y que cuando volví al escritorio agradecí el aire acondicionado. Verdaderamente estaba irrespirable.

A eso de las cuatro de la tarde se puso todo negro. No sé si les dije, pero trabajo en un económico edificio vidriado. Se hizo de noche. Literalmente. La gente se pone como loca con el tiempo, eh? Algunos empezaron a hacer conjeturas sobre el horario en que iba a empezar a llover. Otros si era tormenta de tierra, de viento, de verano, pasajera… Los menos, habían escuchado a Confessore. Parece que había alerta de granizo. Los que vinieron en auto empezaron a caminar en círculos, casi como si fuera un rito, una danza de la “no lluvia”. Los que tienen pelo se tiraban de los pelos, los pelados juntaban sonoramente las manos en actitud de plegaria a Poseidón. Las mujeres que se peinan se miraban el pelo entre sí, y las otras, nos mirábamos los pies.

Diez minutos antes de mi horario de salida agarré mi carterita saludé hasta mañana y les dije:

- no se preocupen, chicos… desde aquella vez que se abolló medio parque automotor siempre que hay pronóstico de lluvia, hay alerta de granizo. No pasa nada…

Les hice un gesto de superada que viaja en bondi parada durante hora y fracción y me fui. No se si les dije, pero el edificio en el que trabajo debe estar insonorizado y presurizado como los aviones. Una burbuja, bah… Qué viento, mamita querida!!!!!! Oscuro y todo me puse los anteojos de sol como para evitar que la tierra se me metiera en los ojos. Empezaron a caer un par de gotas gordas y corrí hasta la parada del colectivo. Me ubiqué debajo del refugio de Deshaciendo Buenos Aires que rápidamente se llenó de ejemplares tanto o más ridículos que yo que iba vestida de heladito de mascarpone con frutos del bosque. Un par de estudiantes que guardaban sus libros bajo la remera y parecían embarazados de quintillizos, un señor que se sostenía la cabeza claramente porque lo único que valía la pena de ese envase eran las ideas, un grupito de chiquilinas que corrían y se les iban perdiendo por el camino las ojotas y se morían de risa. Y de repente aparece una señora, muy aseñorada con paraguas. Flor de paraguas. Y se mete bajo el refugio. Con el paraguas abierto. Y empieza a empujar para hacerse lugar y me dice:

- a ver nena si te corrés un poquito así entramos todos?

Parece que la loca dormía.

- No hay mucho más lugar señora y usted tiene paraguas…
- Si, querida… pero hay viento y se me vuela
- Y si lo cierra, señora, para ponerse acá abajo…?

Por suerte vino el colectivo y subí. No entraba ni un alfiler, pero subí. Todas las ventanillas cerradas. Los que tenían paraguas también los tenían cerrados. Más o menos media hora después me siento del lado de la ventanilla. Al rato se empezaron a sentir ruidos. Golpes, diría yo. Piedras. Alerta de granizo? Siempre hay alerta de granizo. Suena mi celular. Mi marido.

- Hola…
- Hola
- Si, hola amor…
- Holamescuchás?
- Yo sí y vos?
- Notescuchonada… quéseseruido? Adóndestás?
- En el bondi, cielo, pero están cayendo piedras.
- Eh?
- Piedras!!! La tormenta!! Granizo!!!
- Ah! Tásbien? No dijiste que estabas en el bondi?
- Si
- Eh?
- Que sí. Que estoy en el bondi
- Tásenelbondi? Y ese ruido?
- Las piedras, mi amor… O te creés que los bondis vienen forrados en matelasé?
- Bueno… ya estoy en casa. Te esperamos.
- Dale. Chau.

En un momento, desaparecieron las piedras, pero el agua no y se tomaba revancha de vaya uno a saber qué. Y el viento se transformó en sudestada. Se inundó la avenida. Defensa Civil la cortó. El colectivo cambió el recorrido. Me bajé a diez cuadras de casa. No sé si les dije, pero el agua caía a baldazos y yo seguía vestida de blanco y en sandalias.

Cuando llego, en la puerta estaba José, el encargado:

- Señora… está el trapito… si se seca los pies… que tormenta, no?

La loca.

- Me está cargando, no? Estoy empapada. Los pies quiere que me seque? Los pies? Por casualidad enceró hoy? Justo hoy?!!!!

Me sequé los zapatos y mojé todo el camino hasta el ascensor. Llego, abro la puerta y del otro lado encuentro en el piso un trapito y a mi hijo mayor que se ocupa de explicarme que papi me puso un trapito para que me pudiera secar los pies.

- Hola hijo, gracias.

Y viene el chiquito:

- Mami… tenés toda la cara negra… estás llorando? –el rimmel, claro… para qué mierda me pinté.
- No, hijo. Me mojé. Hola chiquito.

Y como mi marido no viene, viene la loca.

- Hola, no? Querido… Un trapito me ponés? Te pusiste de acuerdo con José? Vos también enceraste? Empapada estoy!!! Qué hago con un trapito!!!! Sandalias me puse, ahora parecen botes!!! Estoy muerta de frío, hasta tu hijo se dio cuenta de que parezco un monstruo con la pintura corrida… la cartera es un desastre… viajé parada la mitad del camino, todas las ventanillas cerradas. Claro, vos estás acá, viendo la tele, seguro y yo bancándome a la vieja que me empujaba con el paraguas.
- Mami… -el mayor.
- Pará, le hablo a tu padre… que se hace el sota –y yo seguía ahí, paradita en el pasillo.
- Pero má… -el mayor
- No te metas en la discusión de los grandes, mescuchaste??!!
- Mami, mi hermano te está dando un mate –el menor, extendiendo su manito con una tostada con dulce para mí.

Entonces veo que el mayor tiene un mate en la mano. Calentito el mate. Y que atrás está mi marido, con una toalla limpia y seca en las manos.

- Secate un poco y andá a bañarte. Te preparamos la bañera llena y unos mates. Pensamos que ibas a tener frío.

Y entonces los miro a los tres que me están mirando. Y entonces se me corre el rimmel otra vez. Y entonces los abrazo, así, empapada. Y entonces me olvido del trabajo, del viaje, de la lluvia, de la vieja del refugio. Y entonces me acuerdo que llegué a casa, que estoy en mi pequeño paraíso, en mi lugar en el mundo.

Y también me acordé de mi abuela. Mi abuela tenía botas de lluvia, piloto y flor de paraguas. Y los usaba. Mi mamá tenía botas de lluvia y piloto. Y no los usaba. Decía que parecían de bombero. Y tenía flor de paraguas que usaba. No sé si les dije, pero yo no tuve ni tengo botas de lluvia, ni piloto de plástico, ni flor de paraguas.

Me pueden explicar por qué mierda no tengo???

 

Copyright © 2012 Adriana Fernandez